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Una reflexión acerca del poliamor y monogamia

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Los mitos: la media naranja, el príncipe azul y el amor predestinado. Estas nociones instaladas en el imaginario colectivo, aunque tomen muchas formas y no siempre se presenten de forma tan literal como en una película de Hollywood, tienen algo en común. Son creencias culturales arraigadas que ya es hora de someter a reflexión. Con ustedes, el amor romántico y su veneno invisible.

Por Mercedes Cosco

Estos son tiempos de revolución, o de re-revolución. No es novedad. La generación que ahora tiene entre 20 y 30 es considerada, después de los que tenían esta edad en los sesentas y setentas, la más revoltosa de los últimos tiempos. Lo digo con el mayor de los orgullos. Nacidos en contexto de cambio histórico y fieles testigos del frenético cambio tecnológico, esta generación bisagra también se caracteriza por una cosa que está cambiándolo todo: la nueva ola feminista. Este asentamiento del movimiento y masificación del mismo – que lejos de ser nuevo– puso nuevamente sobre la mesa muchos temas que parecían ahí, quietos, en equilibrio frágil, guardados en un cajón. Uno de ellos, los vínculos sexo-afectivos.

Quiero creer que está claro que la historia de la princesa que necesita ser liberada de su torre por un tipo que combate dragones ya es cosa del pasado. Si Disney lo entendió, y convengamos que no es la industria más feminista del mundo, es porque ya se siente a nivel colectivo que las mujeres no necesitan ni buscan ser completadas. No queremos vínculos que se basen en la desigualdad, no queremos dejar de lado nuestros proyectos personales, no necesitamos ser rescatadas. Pero vayamos un poquito más allá.

Ya en los años sesentas y setentas, en pleno auge del movimiento de liberación hippie y feminista, se comenzó a hablar de amor libre. El amor libre como tal tiene en realidad su raíz en el anarquismo. Los anarquistas consideraban que el amor no podía ser un asunto de Estado, y que por tanto, no podía estar sujeto a ninguna normativa reguladora. Luego, el término fue empezando a utilizarse en sentido más amplio: para describir al amor que escapa de la forma heteronormativa y monógama que caracteriza a la mayoría de los vínculos en la sociedad occidental. Es decir, en estas décadas se estaba empezando a ver que existen otras formas de vivir lo que entendemos por amor.

Primero lo primero. ¿Qué queremos decir cuando hablamos de amor romántico? Si buscamos una definición literal se puede decir que hace referencia únicamente a ese amor vinculado a la atracción por otra persona, de manera emocional y generalmente también sexual; y que se define por oposición al amor de familia o a la amistad. Pero cuando hoy hablamos de amor romántico es para referirnos a ese amor sobre el cual asentamos todas nuestras narrativas socio-afectivas a lo largo de la socialización normativa. En otras palabras: la idea que parece ser aceptada y de consenso de que tenemos que desear encontrar una pareja para establecernos y formar una familia. En esta narrativa, las personas que por su género u orientación sexual no se hallan representadas, quedan inmediatamente excluidas. Y es que el capitalismo quiso desde siempre, para que su mecanismo siga siendo igual de aceitado, mujeres sumisas confinadas al espacio doméstico y hombres poderosos que se dieran golpecitos en el hombro ante sus logros. Lo que no encaja en esta historia, no tiene representación en este modelo.

Entonces, el amor romántico nos hizo mucho daño como individuos. Primero, por basarse en lo considerado socialmente esperable, y segundo, por excluir y cuestionar a aquellos que no quieren un papel en ese cuento. Pero también por la represión sobre la cual se asienta. ¿Por qué? Porque lo que ahora mencionamos como amor romántico trae consigo ciertas nociones implícitas y me voy a detener en tres por considerarlas las más arraigadas.

  1. El amor todo lo puede. No, el amor no lo puede todo. El respeto y la comunicación no vienen de regalo con la compra del amor. Es sumamente dañino creer que el amor es incondicional, superpoderoso e inalienable.
  2. Los celos son signos de amor. No, no y no. El amor posesivo es, sin lugar a dudas, la forma más tóxica de amor. No solo los celos suelen ser la proyección de las propias inseguridades de uno, sino que son signos de una forma de amar que toma al otro como propiedad privada. Es uno de los sentimientos más difíciles de sacarse de adentro. Es un proceso tan doloroso como necesario. Los celos se analizan, se deconstruyen, se gestionan. No hay nada más peligroso que naturalizarlos.
  3. El amor es, intrínsecamente, exclusivo. Hay una idea flotando ahí en el aire, no importa que tan moderna sea en apariencia la sociedad actual, de que, si amas a alguien, nadie te generará atracción. Nos gusta creer como seres humanos que todo está bajo nuestro control, pero lo cierto es que no. La afinidad, la atracción, la química, llamale cómo quieras, no está sujeta a nuestro antojo. Y sí, la exclusividad es también otro constructo.

¿A qué vamos con esto? A que existen otras formas de vincularse con los demás. Las relaciones abiertas, el poliamor, el poliamor jerárquico, el amor libre, el anarquismo relacional, la agamia. Podríamos estar horas hablando de distintas posibilidades de vínculos sexo afectivos e invito fervientemente a todos a que estudien. De amor romántico en particular, les recomiendo especialmente Mujeres que ya no sufren por amor de Coral Herrera.

Pero, ¿qué es lo que tienen en común todas estas formas? En que colocan a la comunicación como punto clave y es por esto que muchas personas se resisten. Aceptar que vas a tener que ser honesto, no es el camino fácil. Una amiga me dijo la otra vez: “hasta hace tres años, nunca me había cuestionado la monogamia. Pero siempre me asustó lo de tener una pareja para toda la vida, amarla más que a mí misma y no besar nunca a nadie más”.

Los motivos por los cuales las personas se acercan a otras formas de vínculo son muchas, pero hay algo que actúa como base: el rechazo a la hipocresía. Ser honesto con la persona con la que uno se está vinculando construye relaciones sanas, sea cual sea la forma que uno practique. Es cierto que al elegir una forma que no es la tradicional estamos aceptando también hablar más de lo que sentimos y no todos están dispuesto a atravesar un proceso personal que suele ser duro; pero que cuando todas las partes están dispuestas a trascender lo aprehendido el resultado puede ser enriquecedor. ¿Lo primero que la gente responde a esto? “Eso no es para mi”. Y es cierto, el poliamor no es para todo el mundo, pero seamos claros, la monogamia tampoco.

Nuevamente me leo y me veo dando vueltas en un tema que todavía yo estoy intentando descifrar. No es fácil enfrentarnos a lo que siempre nos dijeron que estaba bien. Lejos de tener una verdad, lo que sí creo es que hace bien siempre perseguir es el deseo de deconstruir, estudiar, aprender, fallar, desarmarse y volverse a armar. ¿Quiere decir esto que desear una pareja monógama es algo negativo? Claro que no. Es una forma de vincularse tan válida como cualquier otra.

Lo que sí quiere decir es que es necesario someter a reflexión las construcciones heredades. Es necesario cuestionar, cuestionar, cuestionar, y no parar de cuestionar. Buscar lo que a cada uno le hace bien, derribar prejuicios, reescribir fórmulas, aprender a quererse. Querer sin atar. Elegir la forma. Respetar al otro. Y, sobre todo, soltar los cuentos que nos han hecho mal.

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