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El comfort como terapia de olvido

en Lifestyle

Empecé escribiendo sobre la precarización laboral, el comfort, el capitalismo y la meritocracia, como una de las formas más crueles de dominación. Pero terminé hablando de lo que me angustia de la sociedad en la que vivimos y de cómo los jóvenes tenemos el poder de cambiar algunas cosas. Llámenme optimista -o únanse a mi causa-.

Artículo por Mercedes Cosco

No soy una persona calificada para hablar de economía. Con mucha generosidad mucha, puedo decir que manejo los conceptos básicos. Se explicar cómo funciona la oferta y la demanda, qué es el costo oportunidad, y la diferencia entre micro y macroeconomía. Hice un semestre en la Facultad de Ciencias Económicas, mientras hacía en paralelo mi carrera en Comunicación Audiovisual y ejercía como fotógrafa, por el simple hecho de querer entender un poco más algunas cosas que desde temprana edad vi como torcidas. Aceptémoslo, la cultura general y una curiosidad un poco más allá de la media de la población, no me da derecho a hablar acerca de cómo funciona el mundo y el sistema capitalista que en el impera.

Pero, sí soy una persona de 24 años que vive en este 2019, y que luego de haber pasado más de dos décadas en el sistema educativo formal, se encuentra plenamente inserta en un mundo laboral que cada vez más le genera inquietudes. Y por este simple hecho de observadora, y participante en simultáneo, me considero responsable de abrir mi espacio de reflexión a otros, acerca de lo que siento que nos pasa como colectivo.

Durante mis últimos años de liceo y toda la carrera universitaria, trabajé. Lo hacía para no ser una carga para mis padres, pero no porque no tuviera qué comer. Ya con eso, soy más afortunada que el 80% de la población. También trabajaba porque logré, con mucho esfuerzo, ir teniendo trabajos de lo que a mi me apasionaba, mientras combinaba con otros un poco más random que me daban dinero. Me recibí, crecí, empecé a dedicarme casi al 100% a lo que me llena el corazón. Siempre descreyendo de la crueldad de la meritocracia, sabiéndome afortunada, y sabiendo, que no siempre se puede solo con esfuerzo. “Haz lo que amas” es un lujo de la clase privilegiada, y creo que duele ver cómo miles y miles de figuras públicas con mucha influencia generan frustraciones en personas que no pueden “hacer lo que aman” por la simple razón de que primero tienen que pensar en qué van a darle de comer a sus hijos al día siguiente. No quiero desviarme en eso, pero sí creo que es un punto anexo de lo que vine a hablar.

Decidí venir a Europa a seguir profundizando en lo que me gusta -el arte, aunque suene pretencioso, así es-, y me vi en una situación que como perteneciente a un país en vías de desarrollo, me dio un golpe de agua fría. Para poder seguir el razonamiento, voy a dejar ahora de justificarme por ser una mujer con privilegios que pudo ahorrar durante cinco años para viajar al otro lado del Atlántico a “seguir sus sueños”. Como pasa en estos tiempos modernos, desde que me fui hace ya un año, hasta ahora, el mundo parece otro. Lo que antes tardaba en cambiar siglos, ahora en siete u ocho meses, te encontrás habitando un lugar que no se parece en nada al que dejaste. Y si unís esto a un proceso absolutamente arduo de madurar a golpes, que es lo que te genera la distancia, mezclado a la culpa de extrañar cuando tu misma elegiste irte al menos un tiempo, se arma un combo que te abre la mente en dos segundos.

Apenas llegué, me encontré con un corto de un minuto que me sacudió en este nuevo mundo que empezamos todos a transitar, un poco sin darnos cuenta. Pueden verlo aquí:

El protagonista es un chico que entrega pedidos en bicicleta, y se narra su monólogo interior. En un momento, casi al final, hace referencia a esta sensación creada por el aumento del confort: gastamos y gastamos, pedimos ropa por internet, comida por internet, libros por internet, para sentirnos que optimizamos nuestros tiempos y así creer que tenemos mucho más tiempo libre. ¿A cambio de qué? De tener un trabajo que con suerte, no nos molesta, y nos permite tener dinero para hacernos sentir que hacemos con nuestra vida lo que queremos. Entonces, mientras cada vez más y más personas ejercen trabajos en condiciones de precariedad -sin contratos, con salarios mínimos, inestables, inseguros, robotizados, estandarizados-, también cada vez más y más se vuelven cómodos, perezosos, y consumistas. Sí, es cierto que por estos lados esto se ve distinto, y se le suma otro factor: hay tanto turismo que un joven con un master prefiere tener un trabajo no calificado en el área de servicios, porque monetriamente, será mejor retribuido con esa profesión en la que se formó durante al menos 4 años.

Seguro por acontecimientos recientes y por los cambios abruptos en los modelos de trabajo de los últimos tiempos, se ha escuchado por ahí hablar de la nueva precarización laboral. La precariedad laboral existe desde que existe el capitalismo, pero la diferencia ahora es que está asociada de una forma muy oscura a una falsa creencia de tener mas tiempo, de flexibilidad. La esclavitud moderna, llamémosle. Entonces ya no es estar atado con cuerdas y recibiendo latigazos, sino que también es el hacerte creer que por “elegir la cantidad de horas que trabajas”, estas teniendo control sobre tu vida.

Pero de todo esto, de lo que hablo de atrevida, lo que más me asusta es cómo todos somos esclavos y siriventes al mismo tiempo, y cómo fomentamos el comfort por el comfort. Este es el punto en donde yo reflexiono. En el documental La teoría Sueca del Amor -un recomendado absoluto- muestran justamente cómo una sociedad tan idealizada y considerada avanzada es, en realidad, una sociedad infeliz.

Son muchos puntos que voy uniendo mientras escribo. Porque lo que quiero es problematizar sobre todos estos cambios que recibimos siempre como avances por el mero hecho de ser tecnológicos. Pedir un delivery con zapatos porque te pusiste los inadecuados puede ser práctico, pero no te va a hacer feliz. Y fomentar y no cuestionar cómo el confort de uno es inversamente proporcional a los puestos de trabajo con condiciones consideradas precarias, te hace cómplice de una sociedad que sigue dándole la espalda a lo que realmente importa.

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