Todos los años al llegar diciembre escribo una lista de propósitos a cumplir para el año que vendrá. A veces los cumplo, la mayor parte no. Y este año me propuse no proponerme nada, pero sin quererlo el propósito me agarró de sorpresa.
Por Nieves Pe – Cauch de Estilo
Soy lo que se dice una optimista de raza, y como tal, cada año nuevo es importante porque siento que me da un “capítulo nuevo” que me permite ver hacia adelante. A pesar de saber que del 31 al 01 no cambia de forma mágica nada, lo veo como una oportunidad más de reajustar la ruta para lograr lo que no logré, o incluso llegar más lejos. Todos los años aproximadamente por el día 15, agarro una de las tantas libretas que tengo y escribo en la tapa el año próximo junto con las palabras: metas, deseos, propósitos. Algunos son los típicos como comer más sano y caminar más; otros son más ambiciosos como ahorrar para viajar a la India a hacer un curso de meditación en un ashram. Ah, y libros a leer. Sí, me hago una lista de libros a leer para el próximo año, y me encanta ir tachándolos quizás porque la mayoría de las veces es lo único que tacho, junto con el año en la tapa de la libreta al siguiente diciembre cuando veo que no cumplí casi nada de lo que me propuse. Así que como este año nuevo no quería que mi propósito fuera lograr los propósitos acumulados de años anteriores, dije basta. En noviembre tiré la bendita libreta y me propuse para el 2019 no proponerme NADA. Todo esto funcionaria si son normales y no como yo: una freak de las listas. Amo las listas, las tengo para todo, anoto todo, tacho todo lo que voy haciendo con un sentimiento de logro alcanzado que no tiene parangón con nada.

Llegó diciembre con su espíritu navideño, y yo tan contenta por la vida cuando a principios de mes, una marca local tuvo un encuentro femenino junto a la pintora Pato Gil Villalobos. La consigna era happy art, arte feliz, pintar desde la alegría, desde el corazón. Volver a ser niños. Mi “obra” comenzó con un corazón que se fue llenando de destellos y colores, y para cuando quise saber, estaba pegando dos recortes de revista con la frase “revolución” y “cuerpo y alma en armonía”. Llegué a casa y automáticamente este collage, pasó a ocupar el lugarcito de la pared en blanco arriba del canasto donde tengo el yoga mat y las cintas elásticas de elongar. Pasaron los días y cuando mi debilidad por las listas pudo más, propuse en la revista escribir una lista de proposiciones para el año que comienza el 1 de enero, en lugar de escribir propósitos como los que tenía pensados: acerca de cómo ser más amables en las redes (igual cuenta, ¿eh? ), cuidarnos más la piel porque es el órgano más importante del cuerpo y organizar listas de compras (¿ven? ¡Listas! ) para cocinar en casa más seguido. Y así me encontré mirando fijamente a ese rincón, y escribiendo esto.


En el equilibrio de pesar, en kilos, lo que me quede cómodo a mí. De retomar el yoga y el pilates porque tengo ganas. De no volver a ir nunca más a una clase de spinning y después salir corriendo a una de crossfit. No entiendan mal. Cuando lo hacía, lo hacía por mí, y me encantaba. Simplemente ya no soy esa misma persona, y ya no me hace feliz. Escuchar más atentamente lo que quiere y lo que me pide mi cuerpo, ese es mi propósito para el año que entra. Parece fácil pero temo que no lo va a ser, creo que me va a costar más atención y demandarme mucho más que si escribo una lista de propósitos (a no cumplir) como todos los años. También creo que más que nunca, vale y merece la pena el esfuerzo, porque como decía el maestro de yoga B.K.S. Iyengar: “la salud es un estado de completa armonía del cuerpo, mente y espíritu”, y estar sanos (o lo máximo posible) debería ser siempre nuestro propósito mayor de todos los años.





