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#FoodPorn, nuestra última obsesión: ¿es la comida el nuevo negro?

en Lifestyle/Tendencias

Si hay algo que nos une desde siempre, aunque estemos en puntas opuestas, es la necesidad de comer y el placer que eso nos genera. No hay quien no disfrute del momento de sentarse frente a algo rico, y si bien el hecho de que la comida entra por los ojos no es nuevo, que lo haga constante y casi groseramente mediante cualquier pantalla, eso sí que es cosa de ahora.

Si estás prestando atención a los medios de comunicación en los últimos años, te habrás dado cuenta de que la comida está invadiendo nuestras vidas, literalmente. Desde jugosas fotos de todo tipo de platos en nuestro feed de Instagram, hasta la creciente oleada de shows y documentales dedicados a la gastronomía, e incluso la aparición de miles de  influencers de comida que pasan su día creando y documentando recetas para que nos babeemos constantemente, no podemos negar que la comida nos está obsesionando cada vez más. Incluso, nosotros mismos no podemos comer algo que luzca bien sin sacarle una foto antes de hacerlo, ¿no es cierto? (¡quien esté libre de pecado que tire la primera piedra!)

El término foodporn fue utilizado por primera vez en el año 1984 por la periodista y escritora feminista Rosalind Coward en su libro “Deseo femenino”, para referirse a cómo el cocinar de la manera más bella y estéticamente placentera podía ser casi un acto de sumisión, y que en ocasiones, la excitación que un plato perfectamente presentado despierta puede ser comparado a la pornografía, marginalizando al sujeto y al proceso en sí para centrarse obsesivamente en el resultado final. Y aunque los años han pasado, el término ha resurgido y se ha puesto de moda en la actualidad junto con la nueva admiración por la comida que hemos creado.

Lo cierto es que nos hemos convertido en foodies. Una comida sin potencial de ser instagrameable es una comida perdida. De hecho, la etiqueta #foodporn cuenta con casi 200 millones de publicaciones en Instagram, y las imágenes de comida son la categoría que más rápidamente crece en Pinterest, donde generan un 50% más de re-pines que las fotos de moda o estilo, aunque nunca leamos o llevemos a cabo las recetas.

Primeros planos de platos que chorrean salsas y quesos derretidos, o de los postres más dulces y chocolatosos, retratos de brunchs que parecen banquetes; el foodporn es una verdadera tentación a los sentidos, incitándonos a casi percibir el aroma, el sabor y la textura de las comidas que nos muestra, pero que no tenemos en realidad. Un juego de seducción. ¡Un verdadero turn on!

No podemos negar que esta atención a la comida se ha convertido en casi un arte disfrutable por la mayoría de nosotros, como fuente de inspiración o de simple admiración en nuestros días más grises, e incluso una nueva fuente de salida laboral para las generaciones más jóvenes que han sabido sacar provecho, creando desde originales emprendimientos gastronómicos hasta populares canales de Youtube. Sin embargo, es cierto también que esta nueva tendencia viene con su lado negativo -como suele ocurrir, aunque nos duela, con la mayoría de las cosas que están tan vinculadas a la comida. Lo que sucede es que por mucho que observar fotos de comida parezca algo inofensivo, hacerlo despierta verdaderas sensaciones de hambre física y emocional que pueden ser difíciles de controlar.

“El foodporn se basa en un fenómeno llamado estímulos supranormales, que exagera cualidades que ya tenemos programadas para desear “, afirma Deirdre Barrett, psicóloga evolutiva del Programa de Medicina del Comportamiento de la Escuela de Medicina de Harvard. En el caso de la comida, estos estímulos vienen dados por el placer que nos da consumir alimentos recargados de grasa, azúcar o sal, los cuales solían ser más escasos en nuestros primeros tiempos evolutivos. Es por ello que cuanto más obscena e intensa en calorías sea la foto del alimento que estamos mirando, más tentadora nos parece -¡y razón también por la cual pizzas, hamburguesas, papas fritas y postres son las estrellas indiscutidas de esta categoría!

Es decir: mirar fotos o videos de comida nos da cravings reales. Nos genera hambre y deseos de comer. Y por lo general, no quedamos satisfechos con consumir algo que no esté a la altura de las expectativas de eso que estuvimos mirando (¿a quién no le ha pasado querer calmar el deseo de algo dulce con una fruta y que resulte en un big fail?). Aquellas personas con sobrepeso, además, tienden a ser más sensibles al estímulo de alimentos irresistibles, lo que convierte todo esto en un peligroso círculo vicioso. Mirar comida constantemente nos hace querer comerla, lo que deriva en dos alternativas: o lo hacemos en exceso, lo que no es bueno para nuestra salud y puede hacer sentirnos culpables, o no lo hacemos, lo que nos deja tristes e insatisfechos. A fin de cuentas, nuestro vínculo con la comida nunca estuvo creado para que simplemente la observemos: estamos codificados para vivir la experiencia completa. Sólo mirar, sin poder oler o saborear, nos deja inquietos y ansiosos.

¿Qué hacemos entonces? La cultura del overexpose everything en la que estamos inmersos es sin duda parte vital de esto. Podemos buscar, elegir, compartir online y deleitarnos rato largo con lo mismo, volviéndolo casi una tortura. La comida debería ser algo disfrutable y no algo que nos obsesione; un medio para vincularnos y encontrar alegría en crear a partir de ello, ya sea cocinar, fotografiar, o simplemente degustar. Pero como decían nuestras abuelas: ¡mucho de todo nunca es bueno! Menos comida virtual y más manos a la obra. Encontrar el equilibrio y saber cuándo tanto scrolling es suficiente, ese  es el secreto.

Artículo por Sofía Dinello

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