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coronavirus

Crónicas de una pandemia y una historia que conmueve

Sabemos que son muchos los casos que rondan, cada vez más… y esta vez tuvimos la oportunidad de hablar con alguien que de primera mano nos cuenta su experiencia. Gabriel, dueño de nuestro gran querido Ibarra Brunch Bistro, tuvo COVID positivo, y nos hace reflexionar un poco más a fondo en una historia que nos llegó al alma.

El lunes 14 de Diciembre amanecí temblando de fiebre. Llamé a la emergencia, vinieron enseguida, me dieron medicación para la fiebre y por supuesto, me mandaron hisoparme. Dos días después, me enteré que era positivo de Covid 19.

Contagié además a mi esposa (quien tuvo síntomas leves), a mi hermano, a mi hija y a su novio, quienes fueron todos asintomáticos.

Ahí estuve nueve días seguidos con fiebre que no se iba, muy molesto, pero sin ningún otro síntoma. Solo no tenía ganas de comer, apenas comía algo una vez por día pero si tomaba agua abundante para estar hidratado, cosa que es clave cuando hacés fiebre.

La atención de Cosem fue impecable en todo momento: todos los días me llamaba un médico para saber como estaba, hacerme preguntas, y la única indicación era que si en algún momento tenía dificultad para respirar, llamara inmediatamente a la emergencia.

Al día siete, empecé a notar que estaba muy cansado. Nunca tuve dolor, nunca perdí gusto ni olfato, nunca tuve tos (si flemas), pero en ese momento apenas ir desde la cama hasta al baño, me dejaba exhausto.

Nunca entendí que eso era falta de oxígeno, yo sentía que respiraba perfectamente.

Hasta que el día nueve, miércoles 23 a la tardecita me fui a dar una ducha para ayudar a bajar un poco la fiebre, cosa que hacía hasta dos veces al día. Y entonces, sentí que no podía levantar los brazos para enjabonarme, no tenía fuerza. 

Ahí pensé ok, acá está pasando algo.

Le dije a mi esposa mirá, me pasa esto así que llamo a la emergencia (siempre calmado, mas adelante me voy a extender sobre esto), y de nuevo destaco lo que es el SEMM, llegaron en minutos.

Me pusieron un aparatito en el dedo que mide lo que es la saturación del oxígeno en la sangre, algo que obviamente desconocía y de lo cual ahora aprendí. Normalmente, uno tiene que estar saturando entre 95 y 100%. Yo estaba en 83 y obviamente, bajando.

Me pusieron una máscara de oxígeno, me subieron a la ambulancia y diez minutos mas tarde, estaba en la emergencia del Sanatorio Americano.

Ahí me pusieron una vía, empezaron a pasarme antibioticos (dos distintos), corticoides, suero, y seguramente alguna cosa mas.

Al rato me subieron a una habitación en el sector Covid, que está en un sector aislado obviamente.

Al mediodía siguiente conocí a la Dra. Laura Fraga, quien sería (es) mi doctora tratante, quien me dice mirá, con la mascarilla esta no estás levantando como me gustaría, así que te vamos a subir al CTI. Ahí tenemos una máquina con lo que llamamos OAF (oxígeno de alto flujo), que te mete aire como para inflarle las ruedas a un Airbus (esto lo digo yo, no ella).

Acá me voy a detener, para extenderme sobre el tema de la calma. Y explicarles que tengo la inmensa suerte, bendición a esta altura, de haber heredado la cabeza fría de mi viejo. Papá era un tipo que hacía un uso constante del sentido común, y ante cualquier situación se daba un tiempo para pensar, razonar, siempre tranquilo. 

Créanme, y esto lo vine charlando con las doctoras que me fueron viendo y tambien con los enfermer@s, que mantener la calma es el 50% del partido. Claro que  después viene la biología pero eso va por otro lado, y la manejan los médicos. Pero solo vos podés mantener tu cabeza de pie, y jugando a tu favor.

Dicho esto, en el momento en que me dicen vas al CTI… ahí si la cabeza se me fue un poquito y me pasó algo muy loco, eso que uno ve en las películas y suena a un cliché pero es tal cual: vi pasar toda mi vida en fotos, como diapositivas, una atrás de otra. Eran todas fotos lindas, como ir pasando las hojas del álbum de tu vida completo. No 

pensaba que me iba a morir, pero era algo como ok, fue esto, cincuenta y cuatro años de todas estas imágenes, y como una cosa de bueno, si fuese que llegamos solo hasta acá, no estuvo mal. Solo 

sentía como una pena de si no llegase a haber nada mas.

Esto diría que pueden haber sido diez minutos, media hora, no sé. El paso del tiempo ahí es difuso.

Así que ahí marché al CTI, adonde estuve durante ocho días enchufado al bendito OAF.

Y acá tengo que detenerme a hablar sobre lo que es la atención que recibí: les aseguro que esto es primer mundo, y del bueno.

Ya ni hablo de las instalaciones, los protocolos de limpieza, la comida, (que está muy bien) sino fundamentalmente, de la parte humana que es impresionante. 

Acá hay un equipo de leones y leonas que me cuidaron como si fuese un hijo, siempre explicando cada cosa, siempre dando para adelante y dándome la mano, enfundados en sus trajes de astronauta que son bien incómodos y calurosos, teniéndome confortable y arreglándome la cama a cada rato, limpiándome, bañandome en la cama como a un bebé. 

Por supuesto que esto no lo hacían solo conmigo: los vi hablarle y acariciar a un paciente sedado y entubado diciendo dale Trujillo (espero que hayas terminado bien, Aníbal), vas a andar bien, vas a salir.

Se me pone la piel de gallina mientras lo escribo, cuando lo escuché lagrimeaba.

Esta gente es anónima, muchachos. 

Nadie sabe quien es Soraya, ni Natalia, ni Sebastián, ni Franco, ni David, ni Agustín, ni Ester, ni Walkiria. Nadie conoce a Lucía, ni a Majo. Ni tampoco a Carolina. 

Nadie sabe que una tiene dos nenas, que otra no ve a sus padres desde hace meses porque son mayores y no quiere exponerlos, que casi todos trabajan en al menos dos lugares, que casi todos entran y salen de cuarentena constantemente (te imaginás el stress solo de eso?), que muchos ya se contagiaron, que varios pasaron las fiestas solos, o acá trabajando. 

Son un ejército de amor, peleando silenciosos por nosotros contra este bicho de mierda.

Les pido que piensen aunque sea un minuto, en todos ellos. Por ellos y por ustedes, porque cuando llegue el momento en que los precisen, ellos van a hacer exactamente lo mismo por ustedes también.

Yo, ahora, tengo el privilegio de conocerlos a todos. Y se quedan conmigo para siempre. 

Ocho días mas tarde salí del CTI, y empecé con otra parte lateral de esta recuperación: después de tantos días acostado, tu musculatura simplemente se evapora. Me di cuenta que las piernas me habían quedado como escarbadientes, y sin fuerza alguna.

Pero la doctora me dijo vos tranquilo que eso se recompone, y así es. Lo primero fue pasar de la cama a sentarme en el sillón, un triunfo. 

Un día después, con un caño largo de oxígeno logré caminar hasta el baño de la habitación, serían no mas de seis metros. Ayudado por un enfermero, pasito a pasito, y parando varias veces. Llegué con la lengua afuera, pero cuando me pude sentar en el water, con su ayuda, después de trece días a esa altura… no lo podía creer.

Esos son los detalles, créanme. Todas las cosas que hacemos sin pensar, en forna automática, y que damos por sentado.

Un día o dos mas tarde ya estaba caminando por la habitación, yendo al baño, a ducharme solo, y demás.

La puta gloria, créanme.

Ahora bien, para qué escribo esto, no? Bueno, obviamente acá tuve muchísimo tiempo para pensar.

En todo.

En mi vida, en todo este proceso, en la enorme suerte que tuve y sobre todo, en cómo hacer de este viaje un antes y un después.

Porque si no lo hiciera, sería un pelotudo importante.

Y ahí me di cuenta que esto merecía ser compartido.

Para que se sepa qué hay atrás de este virus del orto, que esto no es joda, que hay que cuidarse, que cuidarse es cuidar al resto.

Que si ves a alguien que no se cuida, le hables. Que le expliques que estamos todos en un viaje loco, del que solo se sale a huevo. Que no cuidarse no garpa, que sale carísimo. 

Y también, para que sepan algo de lo que les puede pasar si se lo pescan.  Porque lamentablemente, muchos se lo van a pescar antes de que esto termine. Obviamente cada caso es distinto, pero hay generalidades también. 

En estos últimos días, repensando cada capitulo de este viaje, una cuestión me rondaba la cabeza. Soy amante de la estadística, los datos, y se me ocurrió pensar lo siguiente: cuando me subieron al CTI, cuáles serían mis chances? 50/50? 70/30? 80/20?

Ayer se lo pregunté a la Dra Fraga y me dijo no, vos no estabas tan mal, eras un 90% seguro. Tuve mucha, pero mucha suerte. 

Y mañana me voy a casa.

Relato por Degustador Itinerante 

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