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La chica de tu sueños

Cómo empezar con esto que tengo en mi mente hace muchísimos años. Tendría que decir que estoy sentada en la barra del nuevo bar de moda de la ciudad. El sol me alumbra y me alimenta de su energía. El menú se ve de lo más coqueto y cumple con las nuevas órdenes del mundo “healthy”. Para no sentirme fuera de ambiente me pedí un matcha latte, que en el fondo odio, pero siento que necesito para acompañar mi mejor cara para pasar como una chica cool en los treintas: libre y adaptada al nomadismo digital. Es la cara de una chica desentendida que trabaja desde donde quiere y lo tiene todo claro. Esa es la imagen, pero la realidad es todo lo contrario.

Artículo por Belen Fischer

La realidad es que estoy sentada en la mesa que desde hace cuatro meses es mi sostén, mi tabla de planchar, mi mesa de trabajo y también alguna vez que junto energías, el centro del banquete que preparo de vez en cuando para mis amigos. Todo esto ocurre mientras estoy pasando por un momento bisagra en mi vida.

Hace unos años decidí tomar las riendas de mi vida. Esto de llegar a los 30 y hacerme MUJER con todas las letras me venía retumbando en la cabeza. Entonces en ese momento cúlmine emprendí un viaje hacia Asia con mis dos mejores amigas, una que en ese momento vivía en Londres y otra en Colombia. Las tres nos encontramos en Hong Kong y así comenzó una odisea que viví cual película de Wes Anderson y me ayudó a empezar este camino.

Si empiezo a contar todo lo que pasó desde entonces sería aburridísimo.  Deprimente incluso, cual última cucharada de pote de helado light que tengo en la heladera. Ahora está de moda el 2×1 con la tarjeta que solo saqué para tener estas promociones, y por eso ya voy por el segundo litro de la semana de sabor extra extra dulce de leche. Lamentable, ¿o ni tanto?

Por otra parte, la mayoría de mis amigas del colegio ya están casadas con dos o tres hijos. No ayuda que yo estoy divorciada hace X años y ahora recién separada de alguien que pensaba que iba a ser el amor de mi vida. Lo que por un momento fue mágico, pasó a algo más bien trágico cómico. Fue en este contexto que en una noche de jueves tomé el coraje necesario para ser parte de la comunidad cibernética de citas, y no me llevó más de un rato descubrir un nuevo mundo. Y vaya qué mundo.

Sabrán ustedes de lo que hablo. Mis amigas jóvenes, a quienes envidio de manera surreal, pasan hablando del tema día y noche. No hay momento que en el chat no se toque el tema. De quién apareció, de quién comparten, de quién “se canta” a quién. Sí, es una banalidad abismal, pero desde que decidí ver de qué se trataba se convirtió en mi realidad. Debo confesar que, antes de esto, Montevideo me resultaba un poco gris y aburrida. Pero por más de divertirme con las charlas de las aplicaciones de citas, en el fondo, en mi cabeza sigo pensando que Mr. Right me está esperando a la vuelta de la esquina. Sigo creyendo que me lo iba a cruzar en el bar más canchero del momento. Pero claro, hasta ahora, eso no ha pasado.

Volviendo al mundo de las apps de citas, paso a explicar la épica manera “planchazo” con la que me terminé metiendo yo, y cómo en cuestión de segundos pasé de “la chica de tus sueños” a todo lo contrario. Con una copa de vino en mi mano respire hondo, cerré los ojos y me largué. Unos segundo después ya tenía instalada la app en mi celular. ¡SOY PARTE! Ahora, ¿cómo empezar? Nadie me había enseñado nada sobre cómo funcionaba y tampoco me había dado el coraje de mirar un tutorial en Youtube. ¿Qué tan difícil puede ser? “Yo me mando”, pensé mientras recordaba las palabras de mi astróloga diciéndome ¨vos sos guerrera, vas para adelante¨. Y ese simple susurro al oído me dio las fuerzas para intentarlo.

Siguiente paso: escribir mi perfil. Hice un perfil no muy detallado, lo que se convirtió en el primer error del código no escrito de las apps de citas. Después subí una foto de perfil común y corriente, y días después constaté que ese fue el segundo error, ya que me enteré que “no se hace” porque la gente pone cualquier otra foto, o busca determinados planos, para que no se los reconozca. Paso en falso tras paso en falso, igualmente seguí al siguiente: la edad. Para qué mentir, ¿no? Así que yo puse orgullosamente mi verdadera edad. Ahora el nombre, y yo puse orgullosamente mi verdadero nombre. Y de esta forma gloriosa yo me iba enterrando en mi propia fosa. Dí el visto bueno sin pensarlo dos veces y, ¡voilá! Lista para aparecerle a un millón de desconocidos en su teléfono.

Con una ansiedad galopante esperé para ver lo que me esperaba cuando de repente apareció el primer candidato. Como no entendía qué hacer deslicé hacia la derecha para visualizar rápidamente el segundo y ahí fue que quedé completamente helada. ALTO, ALTO ahí, a esa persona la conozco. A esos ojos los tenía vistos y estudiados. A ese pelo y a esa boca también. Todo era familiar. Miré nerviosa el nombre porque el muy astuto se había puesto la foto de tapabocas y era “DON GATO” que me escribe: ¨No soy el verdadero Don Gato, pero te paso foto por privado¨.

belen fisher

Ah… si… las maravillas de la vida. ¿Y ahora qué hago? Mis ojos eran dos dinamitas a punto de explotar y mis manos temblaban. No sabía si tirar mi celular, empezar a llamar al  911 o explotar en llanto. Era él, mi EX. Virgen de la morenita, ¡qué bomba ardiente tenía entre mis manos! La segunda, sí, la segunda persona que me aparece es ese SER que había pensado no hace mucho tiempo que era mi segunda mitad desde el segundo en que lo conocí. Podría describir cada parte de cada sentimiento de tal experiencia conmovedora, pero no lo voy a hacer porque lo que viene después es lo más crítico de todo. Tal como hice con el primero, hice con el segundo, y di firme hacia la derecha. Y sí, lamento tener que decirles que cometí EL ERROR,  porque deslizar hacia la derecha es darle “LIKE”, como digo yo, algo de lo que obviamente no estaba al tanto. Y así a todos los que me aparecieron ese día en mi perfil.

Entré al mundo de las mujeres de los 30 en Montevideo de cabeza y sin anestesia, y aún así, vivo feliz y lista para ser siempre yo. Con lo más lindo que nos lleve a reír, y con lo más duro que quizás incluso nos haga llorar.

Pero si hay algo que aprendí durante estos 30 años es que para vivir bien hay que vivir al mango. Que arrepentirse es solo un aprendizaje para lo que está por venir, y que si se comparte lo vivido está mejor vivido. Que lo que queda atrás son recuerdos, y qué mejor que recordarlos con esa sonrisa pícara de saber que lo he sobrellevado. Este es mi mundo a los 30, desde ahora compartido con ustedes en este espacio en Flur.

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