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Mi nombre es X y soy adicta a las redes

Mi red social es Twitter. Aunque tengo cuentas en casi todas las importantes —Instagram, Facebook,  LinkedIn y por supuesto WhatsApp— mi problemita, digamos, es Twitter. Se me va sólo el dedo al ícono del pajarito del teléfono y tres, cuatro, 10 veces al día entro y me lleno de política, de pandemia, de sarcasmo y de chistes. El COVID-19 lo empeoró.

Tal vez las otras redes son más amables, pero dudo que generen menos atracción. Me consta, porque observo a conocidos y conocidas, que las historias de Instagram exhiben un impulso irrefrenable por mostrarse que quizá siempre existió, pero que ahora naturalizan un narcicismo que parece tener poco de saludable.

Como si las personas se vieran a sí mismas como productos con campañas de marketing. Como si trabajaran para Instagram.

Y no sólo influencers que tal vez obtienen un sustento en eso, sino gente común, que muestra hijos, platos de comida, alegrías o pesares, todos días, varias horas al día.

El escritor José Saramago se anticipó con una cita en un libro –La caverna-, que publicó en 2000: “El mundo se está convirtiendo en una caverna igual a la de Platón: todos mirando imágenes y creyendo que son la realidad”.

Similar a la ludopatía

La pulsión al uso de redes sin freno tiene página en Wikipedia. “La adicción a las redes sociales es una forma de dependencia psicológica o conductual de las plataformas de las redes sociales, similar la ludopatía, el trastorno de adicción a Internet y otras formas de uso excesivo de los medios digitales”, dice.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) aún no considera a la adicción de las redes sociales como una enfermedad, pero hay países, como Inglaterra, donde agrupaciones de salud mental opinan lo contrario y creen que sí hay una afectación en los usuarios.

Se advierte por ejemplo un desenfreno en el uso de Tik Tok, que en 2020 registró un aumento de usuarios descomunal y demostró tener facilidad para que personas generen y consuman contenidos y en el camino, se vuelvan adictas. Para peor, buena parte de ese público son adolescentes —incluso niños— con lo cual sus defensas son menores.

Doomscrolling

Se llama doomscrolling a la adicción a consumir malas noticias en celulares a través de las redes, algo que parece encontrar en la pandemia el mejor caldo.

“Lo que se ha podido comprobar durante la pandemia de COVID-19 es que hay un aumento de las personas que pasan horas leyendo noticias negativas. Esta práctica se ha denominado en inglés doomscrolling, de la palabra ‘doom’, que se puede traducir como condenación o amargo destino”, explica el divulgador científico Darío Pescador en un artículo de Eldiario.es.

Dice Pescador: “Los efectos psicológicos del uso compulsivo de las redes sociales se asocian a la ansiedad, provocada por la envidia hacia otras personas y la depresión en general. Las redes sociales pueden tener un efecto positivo en la salud mental, pero solo cuando su uso está separado de una reacción emocional y eso no es lo que ocurre con el doomscrolling, sino más bien lo contrario”.

¿Qué hacer, entonces? El divulgador científico recomienda:

  1. Dieta de noticias: no es necesario estar informados permanentemente. Programar el consumo de redes sociales y noticias en determinados momentos del día y limitarlo en el tiempo.
  2. Meditación: basta con hacer pausas para enfocarse en respirar durante unos minutos, dejando que los pensamientos lleguen y se vayan. La meditación hace descender los niveles de estrés y el ansia por consultar noticias.
  3. Contacto personal: hablar con otras personas cara a cara, tener una conversación sin distracciones (dejando el teléfono de lado) y sobre todo, ayudar de forma desinteresada a los demás son formas de salir de nuestra cabeza y desconectar la maquinaria catastrofista.

Articulo por María Eugenia Rodríguez

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