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La generación Carrie BradZhaw y el síndrome de las liquidaciones

en Lifestyle/Moda

Para las que vivimos la fiebre de Sex and the City y la llegada de la tienda Z a principios de los 2000, estrenar ropa diferente todos los días parecía una especie de mandato social. Y si era con descuento, no cabía duda alguna: había que comprar.

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Hace pocos días hicieron 20 años de la emisión del primer capítulo de Sex and the City y muchas de nosotras -adolescentes o veinteañeras entre 1998 y 2004-  crecimos creyendo que la felicidad era estrenar ropa y zapatos todos los días, y  lo más parecido al  paraíso, tener un  placard rebosante. Después de todo, ¿no fue Carrie Bradshaw la que nos enseñó que el dinero mejor tenerlo donde lo podamos ver; o sea, en nuestro ropero? Con el tiempo, en muchos casos, hemos logrado aplacar ese deseo palpitante y alocado cuando nos plantamos frente a una vidriera que exhibe algo que nos gusta. Hasta que llega junio, el aguinaldo y el día después, cuando comienza el invierno… y la liquidación de las tiendas fast fashion. Así, las liquidaciones de las grandes superficies son como esa hamburguesa con fritas que venimos jurando no vamos a comer: sabemos que hace mal, que la calidad no es la mejor, pero es deliciosa, y barata.

No estamos educadas para comprar.  saleNos volvimos mujeres idolatrando a una treinteañera que salía a la calle de tutú rosa. ¿Quien se atreve a culparnos? Las veces que he visto a mi género haciendo cuarenta minutos de cola para pagar una remera rebajada nada más que cien pesos, copó el registro libre en mi memoria. Variedad parece ser la palabra clave. No importa si nos queda bien, si el  descuento realmente es sustancioso, o si le vemos futuro a la susodicha prenda. Levante la mano quien no tiene prendas en el placard aún con la etiqueta puesta porque no consigue combinarla con nada. Y es que cuando se trata de comprar no es el precio o el entusiasmo lo que vale, sino la planificación. Sí, lamento decirles que las compras se planifican. Aunque estén en sale.

La pregunta es si queremos aprender a vivir sin el subidón del enamoramiento a primera vista. Es difcil pero pensemos que los amores a primera vista son más complicados aún. Si no, recuerden a Carrie y Mr. Big. Lo primero, entonces -y que aplica tanto para la ropa como para las citas-, parece lógico pero no lo es en absoluto: si no lo vamos a usar al menos treinta veces, no lo compremos. Ese es un límite mental necesario. Visualizate en treinta oportunidades usando esos zapatos o lo que sea estés tentada a comprar, y si no lo lográs, no lo lleves.

Cortemos con esa mentalidad “vestido de fiesta que salió una fortuna y usamos una sola vez”. Totalmente demodé. Repetir es lo que se lleva.

Saquemos cuentas. Sí, matemáticas. Para comprar ropa. Algo que escuchamos a menudo es “¡Ni loca gasto eso en un par de zapatos!”, cuando hablamos de marcas nacionales. Bueno, les propongo que agarren la calculadora y sumen los varios pares que compraron en las otras tiendas.  Yo en toda la temporada compré un solo par, que es nacional y les aseguro que gasté menos. Vayan primero a mirar, revuelvan todo, y no compren nada. Vuelvan luego con la cabeza fría. O hagan una lista de lo que les gusta y esperen a la liquidación. De seguro que esas tiendas  pueden sobrevivir a la espera de que compren en rebajas, y ustedes también.

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La clave es: no compren porque está barato, si no les gusta cuando está al cien por ciento,  ¿por qué ha de gustarles cuando está al cincuenta?

Aprovechen las liquidaciones de marcas nacionales o las ventas de garaje para adquirir prendas duraderas y de calidad. A veces encontramos joyitas atemporales en marcas de diseño local que resisten a la moda, al paso del tiempo y a los lavados. Consumir local es ético, es sustentable y la relación costo-calidad hace que valga la pena invertir en muchos casos. Ni hablemos si compramos artículos de pequeñas marcas de diseño. Sí, es más caro, pero el plus de no cruzarte con diez personas usando la misma camisa celeste a rayas, realmente vale el plus de precio.

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Seguramente Carrie Bradshaw no estaría para nada de acuerdo con absolutamente nada de esto. ¿Recuerdan la escena en la que Mr. Big le propone matrimonio y ella le pide un placard enorme en lugar del anillo? Bueno, a mi denme el diamante. Certificado y libre de conflicto, ¡pero duradero y atemporal! Ah, y de paso avisenle que eso de tener el placard que explota, ya no se lleva más.

Artículo por Nieves Pereyra – Coach de Estilo

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